Así lo dice La Mont / Trump avanzó a Caracas, Xi Jingping por Taipéi

Escenario: La posibilidad de un conflicto armado en el Estrecho de Taiwán dejó de ser una especulación para convertirse en el eje central de la geopolítica contemporánea en la región del Indopacífico.

Una invasión de China a la isla no sería una operación militar regional, sino un evento sísmico que definirá el orden global, las cadenas de suministro tecnológico y la hegemonía naval en el siglo XXI. Una ofensiva de tal magnitud iniciará antes que el primer soldado ponga un pie en las playas taiwanesas.

El preludio sería una campaña masiva de guerra híbrida y ciberataques destinados a cegar las comunicaciones de la isla, sabotear su infraestructura crítica y sembrar el pánico en la población civil.

A esto seguiría un bloqueo naval y aéreo total, una maniobra de asfixia que buscaría quebrar la voluntad de resistencia de Taipéi sin necesidad de un desembarco inmediato. Sin embargo, si la capitulación no ocurre, el mundo presencia la mayor operación anfibia desde el Día D en Normandía.

China movilizará a cientos de miles de tropas a través de un estrecho traicionero de 180 kilómetros, enfrentándose a una «fortaleza Taiwán» que cuenta con una geografía defensiva, caracterizada por costas escarpadas y pocas playas aptas para el desembarco, lo que obligaría al Ejército Popular de Liberación a ejecutar una coordinación perfecta entre sus fuerzas marítimas, aéreas y de misiles.

Operación: Este escenario de alta tensión no es una invención externa, sino que fue delineado con creciente firmeza por el propio Xi Jinping durante el XX Congreso del Partido Comunista de China, quién envió un mensaje inequívoco que cimbró en todas las cancillerías del mundo.

Xi no solo reafirmó que la «reunificación» es una misión histórica inevitable para el rejuvenecimiento de la nación china, sino que fue contundente al señalar que, aunque Beijing prefiere una transición pacífica, «no prometerá renunciar al uso de la fuerza».

Esta declaración en el foro político más importante de China marcó un cambio de tono: el tema de Taiwán ya no es un problema que se heredará de generación en generación de manera indefinida sino vincula directamente la absorción de la isla con su legado personal y con el cumplimiento del «Sueño Chino» para el año 2049.

Al anticipar esta postura en el Congreso, Xi eliminó cualquier ambigüedad sobre su determinación, dejando claro que las interferencias de «fuerzas externas» y los «pocos separatistas» en la isla son los catalizadores que podrían activar la maquinaria bélica de Beijing en cualquier momento, transformando la retórica política en una directriz operativa para sus fuerzas armadas.Taipéi: Frente a esta presión creciente, la postura de la dirigencia taiwanesa evoluciona hacia una resistencia pragmática pero firme una muestra es la postura de su actual presidente Lai Ching-te, conocido también como William Lai, quién asumió el cargo con una visión clara que manifestó desde su elección y sus años como vicepresidente.

Para Lai, la soberanía de Taiwán es un hecho consumado que no requiere una declaración formal de independencia, pues considera que la República de China (Taiwán) ya es un Estado soberano e independiente que no está subordinado a la República Popular China.

Al ser electo, su mensaje fue de continuidad respecto a la política de mantener el statu quo, pero con un énfasis renovado en fortalecer las capacidades de defensa y las alianzas internacionales. Lai rechaza categóricamente la premisa de la reunificación bajo los términos de Beijing, argumentando que el futuro de la isla solo debe ser decidido por sus 23 millones de habitantes.

Su retórica, aunque cautelosa para no provocar innecesariamente a Xi , subraya que la paz no puede obtenerse mediante la sumisión y que cualquier diálogo con el continente debe darse bajo condiciones de igualdad y sin precondiciones políticas que anulen la existencia democrática de Taiwán.

Solución: Esta firmeza de Taipéi se nutre, en gran medida, del colapso de la confianza en las promesas institucionales de Pekín, específicamente respecto a la viabilidad del modelo «Un país, dos sistemas», originalmente diseñado para atraer a Taiwán, este marco legal y político pretendía garantizar que la isla mantuviera su sistema capitalista, su forma de vida y cierta autonomía política tras la reunificación, similar a lo pactado para Hong Kong en 1997.

Sin embargo, la realidad sugiere que este modelo está muerto para la sociedad taiwanesa. La erosión acelerada debido a la erosión de las libertades civiles en Hong Kong tras la instrumentación de la Ley de Seguridad Nacional en 2020, la cual se mostró como un espejo oscuro para los taiwaneses.

Observar cómo la autonomía judicial, la libertad de prensa y el pluralismo político desaparecieron en la ex colonia británica persuadió a la vasta mayoría del espectro político en Taiwán incluyendo a los sectores más moderados acerca que el modelo de Hong Kong no es una garantía de convivencia, sino una trampa para la asimilación autoritaria.

A la fecha la aplicación de dicho sistema en Taiwán es visto como inviable no solo por la desconfianza hacia el Partido Comunista, sino porque Taiwán posee una identidad democrática madura, un ejército propio y un estatus de soberanía de facto que Hong Kong nunca alcanzó, lo que convierte cualquier intento de aplicar esa fórmula en un anacronismo político condenado al rechazo absoluto por parte de la población isleña.

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