Así lo Dice La Mont / Un crudo destino de Cuba

Permanencia: La sobrevivencia energética de Cuba dejó de ser un asunto soberano para transformarse en un ejercicio de equilibrio diplomático e ideológico. Históricamente, el mapa de benefactores mutó conforme se desvanecían los bloques geopolíticos.

Tras la caída de la Unión Soviética que sostenía la economía insular con un flujo constante de petróleo a precios subsidiados, Venezuela emergió bajo el mando de Hugo Chávez como el pulmón artificial de La Habana.

Sin embargo, la erosión de la industria petrolera venezolana y su crisis interna obligaron a la isla a diversificar su dependencia. En años recientes, Rusia recuperó un papel protagónico, enviando cargamentos de crudo para aliviar los apagones crónicos, aunque bajo condiciones comerciales menos favorables que en la era de la Guerra Fría.

México, bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador y su sucesora se sumó a este esfuerzo, junto con envíos esporádicos de Argelia, país que mantiene una deuda histórica de gratitud hacia la revolución cubana.

Estos flujos no representan un mercado convencional, sino una red de asistencia que busca evitar el colapso total de un sistema eléctrico que opera al borde del abismo técnico.

Solidario: La relación entre México y La Habana es un termómetro de la política exterior mexicana y su búsqueda de autonomía frente a Washington. Durante el sexenio de Luis Echeverría, el apoyo a Cuba fue una pieza clave del «tercermundismo» presidencial; Echeverría visitó la isla en 1974, con lo cual desafió el aislamiento regional al establecer acuerdos de cooperación que incluyeron el envío de hidrocarburos y asistencia técnica, consolidando a México como el puente de Cuba con el resto del continente.

José López Portillo llevó esta cercanía a un nivel más personal y estratégico; durante su mandato, México no solo proveyó petróleo, sino que actuó como un escudo diplomático frente a las presiones de la administración Reagan, célebre por su frase «lo que es con Cuba es con México», al sostener que el suministro energético era un acto de soberanía innegociable.

En el sexenio del ex presidente Andrés Manuel López Obrador se retomó esta tradición con un fervor renovado. Bajo su gestión, Petróleos Mexicanos (Pemex) envió cientos de miles de barriles de crudo a la isla bajo esquemas que oscilan entre la venta asistida y la donación directa, con la justificación de ser un acto de solidaridad humanitaria para mitigar los efectos del embargo estadounidense, reintegrando a Cuba en el eje prioritario de la política exterior mexicana tras décadas de distanciamiento durante el periodo neoliberal.

Factor doméstico: Dentro de los muros de La Habana, las relaciones de poder transitan de la monarquía revolucionaria a una bicefalia compleja. Aunque Raúl Castro se retiró formalmente de sus cargos estatales y partidistas, su figura sigue es del «Gran Elector» y el árbitro de última instancia. Miguel Díaz-Canel, el primer civil en ocupar la presidencia sin combatir en la Sierra Maestra, opera bajo la sombra constante del General del Ejército.

En este esquema, el papel de la familia Castro es determinante, no necesariamente a través de una sucesión directa de sangre en la presidencia, sino mediante el control de los pilares económicos. ¿Sucesor?Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, es una figura fundamental en los servicios de inteligencia y seguridad nacional, quién como un custodio de la transición. La relación entre Díaz-Canel y el clan Castro no es de subordinación absoluta, pero sí de una dependencia estructural; el presidente es el rostro de la continuidad, pero el poder real sigue emanando de la generación histórica y sus descendientes, quienes controlan GAESA, el conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas que domina los sectores más sólidos de la economía cubana.

Correlación: El Buró Político del Partido Comunista de Cuba sigue siendo el órgano donde conviven distintas visiones sobre la gradualidad de los cambios, en el cual predominan los sectores duros que ven con sospecha cualquier apertura que amenace el control social.

Esta ala conservadora está integrada por figuras del alto mando militar y la vieja guardia partidista que consideran que las reformas económicas pueden ser el caballo de Troya de la contrarrevolución. Quienes integran este bloque de duros (hardliners) están vinculados a la vieja guardia que prioriza la «unanimidad» y la disciplina partidista sobre la eficiencia de mercado.

Para estos sectores, cualquier concesión a la iniciativa privada o la flexibilización de las libertades civiles es un síntoma de debilidad. Ellos controlan el aparato ideológico y las fuerzas de seguridad, asegurando que el modelo económico no derive en una transición política, preservando el dogma que la empresa estatal socialista debe ser el eje central, a pesar de su retroceso.

Un mandatario: Miguel Díaz-Canel se encuentra atrapado en la definición de su propio legado: ¿es un reformista o un administrador de la crisis? Su retórica de «continuidad» sugiere lo segundo, pero las circunstancias lo obligan a aplicar medidas que incluso Raúl Castro postergó, como la unificación monetaria y la apertura controlada a las pequeñas y medianas empresas (MIPYMES).

Sin embargo, estas acciones no surgieron de una convicción democrática o de una visión liberal de la economía, sino de la urgencia de la sobrevivencia. Si bien Díaz-Canel carece del carisma de Fidel y de la autoridad histórica de Raúl, lo que limita su capacidad de maniobra para impulsar cambios profundos.

Se le percibe más como un funcionario eficiente que intenta reestructurar un sistema agotado como un reformista con un proyecto de nación diferente. Su gestión está marcada por una incipiente revuelta social tras las protestas del 11 de julio de 2021, lo que sepultó cualquier esperanza que su ascenso significara una apertura política.

Poder: El apoyo que Raúl Castro brinda a Díaz-Canel es, por naturaleza, limitado Si bien Raúl lo propuso para garantizar una transición ordenada y evitar una guerra de facciones, ese respaldo tiene líneas rojas: la supremacía del Partido Comunista y el control militar de la economía.

Raúl actúa como un garante frente a los sectores más ortodoxos que desconfían de Díaz-Canel, pero al mismo tiempo funciona como un freno. El presidente no tiene un mandato para transformar el país, sino para preservarlo bajo el esquema diseñado por sus antecesores.

Este apoyo limitado condena a Díaz-Canel a una parálisis estratégica; debe reformar para que la economía no se paralice , pero no puede avanzar tanto para que el sistema cambie.

Mientras la figura de Raúl permanezca activa, Díaz-Canel será un ejecutor de consensos ajenos, operando en un estrecho margen donde la lealtad pesa más que la innovación.

Deja un comentario