Reflexión: A medida que el calendario político avanza hacia el 2027, el sistema de partidos en México se encuentra en una fase de profunda transformación que determinará si el país mantiene un esquema plural o se consolida un modelo de partido hegemónico. La pregunta que domina no es solo quién ganará, sino quiénes lograrán sobrevivir al naufragio de la representatividad tradicional. En este escenario, partidos como el PRI y PAN enfrentan su crisis existencial severa. Tras la pérdida del registro histórico del PRD en 2024, el «tricolor» llega a la antesala de la elección intermedia con una estructura debilitada y una fuga constante de cuadros hacia el oficialismo o la ¿nueva alternativa? Movimiento Ciudadano (MC).
Si bien el tricolor I aún conserva bastiones locales y una estructura mínima de «voto duro», su permanencia en 2027 dependerá de no caer por debajo del umbral del 3% nacional, un riesgo que hoy es real debido a la polarización extrema que absorbe a los electores de Morena o el PAN. A diferencia los partidos bisagra como el PVEM y el del Trabajo parecen tener asegurada su permanencia no por una base ideológica propia, sino por su capacidad de ósmosis con Morena, funcionando como satélites que garantizan mayorías legislativas a cambio de su propia permanencia presupuestal y política.
Opción: Movimiento Ciudadano se presenta como la incógnita más interesante del tablero. Bajo la premisa de «ni con unos ni con otros», el movimiento naranja apuesta a un crecimiento solitario, confiando en que el desgaste del PRI y la falta de renovación del PAN le permitan capturar el voto de las clases medias urbanas y de los jóvenes que rechazan la política tradicional. En 2027, MC se juega la posibilidad de consolidarse como la verdadera segunda fuerza o quedar atrapado en la irrelevancia de ser un partido bisagra que no termina de cuajar a nivel nacional. Mientras tanto, la aparición de nuevas agrupaciones que buscan su registro —algunas de ellas impulsadas por figuras de la «marea rosa» y otras cercanas a la narrativa oficialista podrían terminar favoreciendo al partido en el poder al dispersar el voto opositor.
Solo uno: La posibilidad de una gran alianza que incluya a MC, PAN y PRI es el sueño recurrente de los estrategas que buscan reeditar el éxito parcial de la elección intermedia de 2021. En aquel año, la unión opositora logró frenar la mayoría calificada de Morena en la Cámara de Diputados, obligando al Ejecutivo a negociar o a utilizar vías alternativas para sus reformas constitucionales. Sin embargo, el contexto actual hace que esta «megacoalición» sea mucho más difícil de concretar y, sobre todo, menos efectiva. El rechazo frontal de la dirigencia de MC a sumarse a lo que llaman el «Titanic» del PRI-PAN generó una grieta que parece insalvable.
Incluso si lograran unirse por pragmatismo puro, la suma aritmética de sus votos no garantiza una mayoría automática. La narrativa oficialista logró etiquetar con éxito estas alianzas como pactos de impunidad, lo que genera un efecto de rechazo en los electores indecisos. A diferencia de 2021, donde la novedad de la unión generó un contrapeso real, una reedición en 2027 podría percibirse como un acto de desesperación que carece de una propuesta de país alternativa a la «Cuarta Transformación».
Prospectiva: En ruta hacia el 2030, el panorama para la oposición parece cuesta arriba. ¿Ganar la presidencia? : requiere un fenómeno que hoy no se vislumbra en ninguna de las actuales fuerzas políticas: una figura capaz de romper la hegemonía discursiva del apoyo social del gobierno. Morena llegará al 2030 con el desgaste natural de dos sexenios, un factor que históricamente abre ventanas de oportunidad para el cambio.
Sin embargo, la oposición no puede sentarse a esperar el fracaso del rival. Sus posibilidades dependen de una renovación generacional total y de una reconstrucción de su identidad desde lo local. Si el PAN sigue encerrado en sus bastiones del Bajío y el PRI continúa su proceso de desintegración, el 2030 podría ser simplemente una confirmación del dominio de Morena, con una competencia interna dentro del oficialismo que sea más relevante que la elección general misma.
Desenlace: El éxito de la oposición en la próxima década no vendrá de la nostalgia por el pasado ni de las alianzas de cúpula, sino de su capacidad para conectar con la realidad de un México que cambió profundamente en su forma de consumir y entender la política. El surgimiento de nuevos liderazgos fuera de las estructuras partidistas tradicionales, apoyados por movimientos ciudadanos orgánicos, podría ser la única vía para desafiar el poder acumulado.
El camino al 2030 se construye en 2027; si la oposición no logra presentar una cara nueva y un discurso de futuro en la intermedia, la elección presidencial de la próxima década será un trámite para la continuidad del régimen actual. El tiempo corre y, por ahora, la ventaja la tiene quien ha sabido leer mejor el sentimiento de la base social, mientras los demás siguen discutiendo en el laberinto de sus propias siglas
