Así lo dice La Mont / Retrovisor  de Washington

Su inquilino: El presidente Donald Trump regresó al estrado del Capitolio  para ofrecer su informe a la nación en un ambiente que osciló entre el triunfalismo de su base y un escepticismo palpable en las encuestas. El mandatario llegó a esta cita tras un primer año de segundo mandato marcado por una retórica de confrontación  y la aplicación  de políticas de «choque» en materia migratoria y comercial. Su discurso, el más largo en la historia moderna de estos informes, fue diseñado como un mitin de campaña extendido, buscando reafirmar su narrativa de que  rescató al país de las cenizas.

Sin embargo, la puesta en escena no logró ocultar las grietas de una administración que enfrenta niveles de aprobación que apenas rozan el 39%, el punto más bajo desde que retomó el poder. Trump se presentó ante el Congreso no como un conciliador, sino como un combatiente que mide su éxito por la intensidad de la oposición que genera, confiando en que su núcleo de votantes sea suficiente para sostener su narrativa política.

Posición: La ubicación de Trump en el tablero de las preferencias ciudadanas y ante el Congreso refleja una polarización extrema que parece llegar a un punto de no retorno. Mientras que su control sobre el Partido Republicano es casi absoluto, con legisladores que responden a sus consignas por temor a represalias en las primarias, su relación con la bancada demócrata es de ruptura total. Durante su informe, las escenas de legisladores de la oposición abandonando el recinto o  en silencio sepulcral ante sus proclamas fueron la norma.

Esta parálisis legislativa  convirtió al Capitolio en un campo de batalla donde el diálogo es inexistente. En el ámbito popular, los sondeos sugieren que el electorado independiente, aquel que le permitió regresar a la Casa Blanca, muestra signos de fatiga ante la volatilidad de sus decisiones y la falta de resultados tangibles en el costo de vida, un flanco donde el presidente parece estar perdiendo la confianza frente a una inflación que, a pesar de sus cifras oficiales, sigue golpeando el bolsillo de la clase media.

¿Continuidad?: La  interrogante que domina el debate político en Estados Unidos es si Trump perderá la mayoría en las elecciones de  intermedias  del próximo noviembre. El panorama para los republicanos es desafiante al ostentar una mayoría estrecha en la Cámara de Representantes y una ventaja de 53 a 47 en el Senado.

No obstante, la historia suele ser un juez severo para el partido en el poder durante las intermedias, y el contexto actual no es la excepción. Los demócratas solo necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para recuperar el Senado y apenas tres distritos para retomar el control de la Cámara Baja. Con una aprobación presidencial bajo mínimos y una movilización opositora que ya se siente en las elecciones especiales recientes, el riesgo de que Trump se convierta en un «pato cojo» un presidente sin apoyo legislativo es una posibilidad real que mantiene en vilo a los mercados y a los aliados internacionales.

Vecinos: En la acera de enfrente, el Partido Demócrata busca consolidar una oferta electoral que logre capitalizar el descontento sin caer en las divisiones internas que lo debilitaron en el pasado. Los líderes más visibles para los comicios de noviembre combinan experiencia ejecutiva con frescura progresista. Gavin Newsom, el gobernador de California, se mantiene como la figura de mayor peso mediático, perfilándose no solo para las intermedias sino como el favorito para la carrera presidencial de 2028. Junto a él, el gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, emerge como una voz moderada capaz de atraer el voto obrero en los estados del «muro azul».

En el Congreso, figuras como Alexandria Ocasio-Cortez siguen marcando la pauta del ala izquierda, mientras que el liderazgo de Hakeem Jeffries intenta mantener la unidad de la bancada. El partido apuesta por una «brigada de cuello azul» al promover  candidatos con perfiles de trabajadores manuales y veteranos para disputar el terreno que Trump considera su bastión personal.

¿Brecha?: El panorama económico y geopolítico agrega complejidad a la estabilidad estadounidense. La deuda externa  alcanzó la cifra astronómica de 38.5 billones de dólares, un incremento de más de dos billones en apenas un año. El costo de los intereses de esta deuda ya representa una fracción significativa del gasto nacional, superando incluso presupuestos de defensa o programas sociales clave.

Esta vulnerabilidad financiera limita el margen de maniobra de Trump para cumplir sus promesas de inversión en infraestructura o recortes de impuestos. La Oficina de Presupuesto del Congreso advierte que, de seguir esta tendencia, la deuda superará el 120% del PIB en la próxima década, una carga que compromete la hegemonía del dólar y la capacidad de respuesta ante futuras crisis.

Ruta: Finalmente, la amenaza externa representada por China y Rusia obliga a una redefinición constante de la seguridad nacional. A pesar de que la nueva Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono bajo Trump intenta  priorizar el hemisferio occidental, la realidad global no permite el aislamiento. China continúa su expansión nuclear y su presión sobre Taiwán, utilizando tácticas de guerra híbrida y presencia naval que desafían la influencia estadounidense en el Indo-Pacífico.

Por su parte, Rusia, aunque desgastada, busca normalizar su relación con Washington para evitar una dependencia excesiva de Beijing, mientras mantiene su capacidad de desestabilización en Europa y el ciberespacio. Trump se mueve en una cuerda floja entre su deseo de «pactar» con estos regímenes y la presión de un aparato de seguridad que los identifica como amenazas existenciales. La competencia con estas potencias no es solo militar, sino tecnológica y comercial, y el resultado de esta puja definirá si Estados Unidos puede mantener su liderazgo en un siglo XXI que se presenta cada vez más multipolar y hostil.

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