Su visión: El 12 de agosto de 2010, en sus famosas «Reflexiones», Fidel Castro calificó el libro de Andrés Manuel López Obrador, «La mafia que se adueñó de México… y el 2012», como una obra de «valiente e irrebatible denuncia».
En ese texto, titulado «El gigante de las siete leguas», Castro profetizó que AMLO sería la persona de mayor autoridad moral y política en el país, lo que causó una profunda incredulidad en la entonces canciller Patricia Espinosa Cantellano y en el propio inquilino de Los Pinos Felipe Calderón. De acuerdo con el doctor Raúl Ojeda, del Colegio de México, esta relación no siempre fue de oposición al sistema pues durante las décadas de los sesenta y setenta, las presidencias de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría decidieron respaldar a Cuba frente al asedio de Estados Unidos con un objetivo pragmático: evitar que el régimen de La Habana exportara su Revolución Socialista a México. Muestra de esta «gratitud» fue el nulo apoyo de Castro al Movimiento Estudiantil del 2 de octubre de 1968, así como su silencio ante el «Halconazo» del 10 de junio de 1971.
Llamado: La historia sumó más matices cuando Fidel Castro asistió a la toma de protesta de Carlos Salinas de Gortari en 1988, motivado por su estrecha amistad con su secretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios. Años después, a pesar de su simpatía por la izquierda, Castro llegó a reconocer institucionalmente el gobierno de Calderón tras la polémica elección de 2006, priorizando la diplomacia entre naciones sobre las afinidades ideológicas personales.
El llamado reciente de AMLO para ser solidarios con los 12 millones de cubanos en la isla es un gesto de congruencia histórica. Sin embargo, este apoyo es loable siempre y cuando el régimen y el Partido Comunista de Cuba (PCC) se abran finalmente a una elección directa. El reto es lograr esa solidaridad sin quedar atrapados en un modelo de aislamiento similar al de Corea del Norte.
La relación México-Cuba transita entre el agradecimiento al viejo régimen priista y la esperanza depositada en el actual proyecto de nación. Hoy, el desafío es equilibrar esa herencia de hermandad revolucionaria con la exigencia global de una apertura democrática real en el Caribe, asegurando que el apoyo político no nuble la necesidad de reformas profundas en beneficio del pueblo cubano.
