¡Y va por ti! Gracias por velar mi camino, por evitar nuevas lágrimas, por estar ahí, aunque no te vea

¡Treinta años! Y todo igual. Bilbao, Plutonio, Aldama, otras calles que llevan a retroceder mi mente tres décadas.

Crímenes, inseguridad, ¡violencia! Impunidad atroz.

A mis oídos llega esa voz. ¡En Bilbao por favor!

El grito insistente de una  pasajera que quiere bajar y aquel chofer con música, que ensordecía la voz de ella.

A mi mente llegó esa época, los 90’s y de mi pecho salió un inesperado suspiro. ¡Oh, Bilbao!

Sin querer volteaba a ver esa calle con unidades, y una vecindad, que albergaba no sólo familias, ¡también asesinos..!

¡Bilbao! Retumbó en mis adentros.

Me llevó a recuerdos, a vivencias no tan diferentes a las de ahora.

A las de una Iztapalapa insegura, inundada de impunidad, de ¡homicidas!

En realidad mis recuerdos eran frescos, llenos de esa violencia.

Ahí, vivieron ellos. No recuerdo bien los apodos… “El Frijol”, “El Calabaza” y creo “El Simio”.

Tan jóvenes y verdugos, “justicieros”, matones a sueldo, que buscaban de nuevo llenar de tragedia a mi familia.

Calle con moradores que dejaron huella. Plutonio, había arrancado un pedazo de mi vida.

En ésta se llevaron una joven y prometedora vida. Acabaron con una carrera, truncaron una paternidad.

En aquella buscaron destruir otra y el destino, la suerte, no la ley ni la justicia, la misma inseguridad, no lo permitió.

Las tres calles, como otras, lugares de muerte. Calles, distantes unas de otra, aunque cerca en historia de sangre, de dolor, con huellas de recuerdo.

Pasar por Plutonio, luego recordar Bilbao y Aldama, me remite a los 90´s, y lleva al presente.

El tiempo no se encargó de borrar nada. Tal vez no tan doloroso hoy, como aquel 29 de noviembre de 1992.

Aunque ahí seguía el aguijón clavado, insertado en mi alma, en mi mente, en mis sentimientos.

El mínimo movimiento y ¡Dolor! Herida, sufrimiento no superado.

Nostalgia, tristeza, recuerdo de ¡Poco! Vale una vida, ¡nada para la justicia..!

Bilbao, Aldama, incluso Plutonio, calles, como muchas otras de la ciudad de México, igual a otras de Iztapalapa, albergan asesinos, delincuentes, ¡muerte! E ¡Impunidad!

Esa que ahora ronda, y que truncan la felicidad en las familias.

 En la mía fueron en los

90’s, un doloroso 90’s que marcaba carácter, lucha hacía lo injusto y empecinamiento para combatir a Ministerios Público, policía, judicial y juez corrupto e inepto.

Viles mercaderes del dolor y la muerte, tan parecido ayer que hoy con un sistema podrido, corrupto, ruin, ¡sin cambio!

Sin, ¡justicia!, y constante impunidad, creciente inseguridad y comisión de delitos.

Un taladrante dolor en quienes padecemos el luto por homicidio, que lleva a recordar que mi diminuta figura, sólo valía ¡75 mil pesos..!

Ahora, iba rumbo a trasmitir por una radio libre la de “Los Panchos”, del Frente Popular Francisco Villa/UNOPII.

Y de nuevo, ¡Bilbao! La pasajera hacía que retumbara en mi mente y aparecía de nuevo en mis oídos, en mi vista, en mi vida la tragedia.

 Volvían a salir los recuerdos del pasado. Una calle como muchas otras que albergaba a mis verdugos.

Unos verdugos que ya no estaban. No existían para hacer daño a otros, y a mi, por sólo unos pesos.

Antes había sido la calle de Fundación, ese nido de aquel que primero le encargaban desaparecerme.

También, igual que aquellos, rondó, vigiló. Rondó por mucho tiempo en su camuflaje de taxista y su apodo “El válvulas!

Mi figura, tan diminuta para él sólo valía 20 mil pesos. Tal vez ser “amigo” de esos que asesinaron a mi hermano y conocerme, bajaba el precio.

Rondaba y rondaba. Nos sonreíamos, incluso nos saludábamos constantemente y hasta intercambiábamos plática.

Nos encontrábamos con esa cotidianidad, de no saber que para él mis días estaban contados.

Siempre le ofrecía un gesto amable y tal vez ello, lo llevó a desistir y confesar su intención, ¡mi muerte!

Ese arrepentimiento, su declinación a quitarme la vida, llevó a contratar a otros.

A esos que me vigilaban.

A ellos, los de ¡Bilbao! Los no mis amigos, que también querían mi muerte.

Una muerte que ahora valía ¡75 mil pesos! Era acabar mi lucha por hacer justicia contra aquellos que enlutaron a mi familia.

Tres delincuentes, de la misma calaña que aquellos drogadictos que le arrancaron la juventud a mi hermano, y que cuyo padre, quiso con dinero, sin lograrlo, arrancar también mis ímpetus de lucha, mi afán de sepultar un sistema de “justicia”, con podredumbre que sigue igual que en aquellos años 90´s.

 Ahora, volteaba a ver a Bilbao. Una calle que no sabe nada de mí, y yo sé mucho de ella, porque era el hogar que albergaba a mis ¡Asesinos!

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