Edgar Morin: un lúcido testigo entre dos siglos

Por Sigifredo Esquivel Marín

Tenía 17 años, cuando leí por primera vez, un libro de Edgar Morin, El hombre y la muerte (Barcelona: Kairós, 2003), confieso que entendí muy poco, pero de eso poco pude sentir y asentir que se trataba de un hermoso libro que nos invita a reorientar por completo la elucidación de nuestra condición bio-socio-antropológica integrando finitud y muerte al conjunto del devenir viviente universal. Luego devoré su saga sobre el replanteamiento epistemológico del método y de la teoría, donde ya se prefigura el paradigma de la complejidad, cuyo modelo de conocimiento posibilita otra concepción inédita e integradora del saber, la cultura y la acción humana: uno-todo-múltiple que no borra diferencias singulares, al contrario, las enriquece y revitaliza. Ciencia con conciencia (Barcelona: Anthropos, 1984) puso en crisis todas mis ideas, juicios y prejuicios sobre investigación y los alcances efectivos de la teoría. Como formador de formadores, profesor durante dos décadas en posgrado, me he servido de diversos enfoques inter y transdiciplinarios esbozados por Morin –y a partir de su obra– acerca de la relación intrincada entre educación, sociedad y sujetos sociales; quizá la propuesta del paradigma de la complejidad nos permita entender y atender la lógica del sistema-mundo-capitalista-global y nuestra inserción en el mismo de manera óptima, aunque deja de lado, un poco, las posibilidades de (auto)creación e insurrección de los sujetos sociales. En todo caso, su Introducción al pensamiento complejo (México: Gedisa, 2001) y Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (París: UNESCO, 1999) han sido caballitos de batalla de propuestas pedagógicas en y desde la complejidad en tanto lógica de relaciones dinámicas. Después, como muchos de sus lectores, tomé un poco de distancia por sus posturas y adhesiones ligadas a planteamientos hegemónicos de la UNESCO y de otras instituciones dominantes, sentíamos que traicionaba el pensamiento crítico y su postura política radical inicial, pero Morin no se dejó atrapar por la oficialidad, reaccionó con panfletos lúcidos y críticos que le han tomado el pulso a la actualidad; sus textos y entrevistas nos muestran la enorme capacidad intelectual para desentrañar la madeja enmarañada del presente a partir de la generación de alternativas tangibles. Su influencia en Europa y en América Latina es decisiva para entender la apertura hacia otro devenir más rico, creativo, complejo más no complicado; la límpida claridad de estilo ensayístico no mengua su profundidad ni tampoco su intelección sutil –a contracorriente de la dificultad teórica impostada reinante. Sus últimos escritos autobiográficos esbozan grandes frescos del mundo moderno-contemporáneo desde la mirada omniabarcante de un testigo privilegiado. En su obra Mi camino (Barcelona, Gedisa, 2013) afirma: “El sentido de nuestra vida es el que elegimos entre todos los sentidos posibles y el que elaboramos durante nuestro propio camino. El sentido de mi vida tiene dos fases. La primera es la curiosidad. Hasta ahora mi curiosidad se ha mantenido despierta; el inconveniente ha sido la dispersión, pero esa curiosidad me ha vuelto capaz de adquirir las ideas y los conocimientos que convenían a mi necesidad de centro. La otra fase del sentido de mi vida se vincula con el amor, la amistad, la belleza, la alegría, los sentimientos. Dar un sentido a la vida, para mí, es vivir poéticamente cultivando la fraternidad”.

Amor, pasión, razón y entendimiento son parte fundamental de un nuevo planteamiento: Pensamiento y Paradigma de la Complejidad –que sintetizan una de sus mayores aportaciones a la humanidad– hermanan con la deriva creacionista del barroco y del neobarroco latinoamericanos por sus axiomas comunes de una globalidad errante y de una constelación arborescente, quizá por eso, su presencia nos ha resultado más cercana y familiar; el propio autor se ha sorprendido un poco de su fina recepción en estos lares. Ahora, en su cumpleaños número cien, nos muestra y demuestra, con lucidez, humildad y honestidad extremas, que es un pensador fundamental para comprender el siglo XX, y la apertura creativa, esperanzadora del XXI. Larga vida al pensador y a su obra.

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