Siguiente Aduana: El reciente colapso del gobierno de Nicolás Maduro dejó un vacío de poder que Washington parece decidido a llenar bajo su esquema de seguridad nacional. Con la captura y traslado de Maduro a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico, la atención de Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, se desplaza hacia el Palacio de Nariño cuyo residente es el aún mandatario Gustavo Petro quien no es solo un vecino incómodo, sino el próximo gran desafío en la estrategia de «limpieza» regional.
La retórica de Petro, quien calificó la detención de Maduro como un «secuestro» e invoca a la soberanía popular frente a la denominada «barbarie» estadounidense, lo ubica en una ruta de colisión directa con la Doctrina Monroe 2.0 que Trump resucitó con el garrote de Teodore Roosevelt. La Casa Blanca ve en Petro el último reducto de una izquierda radical que, a sus ojos, protege intereses transnacionales ilícitos y desafía la hegemonía del dólar y el control petrolero en el Caribe.
Zona de Influencia: La frontera que separa a Colombia y Venezuela se ubica en una línea de 2,219 kilómetros de geografía indómita y tensiones históricas, convertida en el tablero de ajedrez donde se mide esta nueva fase del conflicto. Los puntos fronterizos oficiales miden la crisis humanitaria junto con la convergencia.
En el departamento de La Guajira, el paso de Paraguachón en Maicao es vital para el comercio binacional hacia el sur con el departamento de Norte de Santander, se concentra el mayor flujo a través de los puentes internacionales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander en Cúcuta, además del puente Atanasio Girardot en Villa del Rosario.
El Puente Internacional Unión, en Puerto Santander, y el José Antonio Páez, en Arauca, completan los pasos terrestres principales, mientras que los muelles fluviales sobre los ríos Inírida y Orinoco, en Guainía y Vichada respectivamente, marcan los límites en la selva donde con nula presencia militar.
Detrás Petro: Sobre Gustavo Petro pesan ahora acusaciones que la administración Trump comenzó a filtrar con mayor agresividad al vincularlo con una protección de rutas de narcotráfico bajo el manto de su política de «Paz Total». Washington sospecha que esta iniciativa sirve más para oxigenar a grupos ilegales que para desarmarlos, afectando sus intereses de seguridad. Sin embargo, el flanco más vulnerable de Petro son los claroscuros que rodean a su hermano, Juan Fernando Petro.
Se le señala por presuntas gestiones irregulares en cárceles, donde supuestamente se negociaron beneficios para narcotraficantes extraditables a cambio de apoyo político o financiero, un escándalo conocido como el «Pacto de la Picota». Aunque Juan Fernando lo negó el ruido político es suficiente para que las agencias de inteligencia estadounidenses lo mantengan bajo su escrutinio permanente al usarlo como palanca de presión contra la legitimidad del mandatario.
Controversia: Resulta paradójico que figuras como Marco Rubio permitan e incluso validen que Delcy Rodríguez jurara como presidenta encargada de Venezuela tras la caída de Maduro. La razón detrás de este movimiento no es la afinidad ideológica, sino el pragmatismo crudo de la «realpolitik». Rodríguez, en un giro sorprendente, mostró una disposición inmediata a cooperar con Washington para asegurar una «transición segura» y mantener en operación la industria petrolera, vital para la estabilidad energética que Trump prometió a sus electores.
Al reconocerla temporalmente, Estados Unidos evita el caos total de un estado fallido sin mando claro y neutraliza, por el momento, la influencia de otras facciones chavistas más radicales o la injerencia de potencias extranjeras como Rusia o China. Incluso Trump declaró que Rodríguez «ama a su país y quiere que sobreviva», una frase que traduce la aceptación de una figura conocida que está dispuesta a entregar las llaves del sistema a cambio de garantías personales.
En conclusión: Persiste la interrogante sobre si las fuerzas armadas de Colombia ejercen algún tipo de gobierno o control real sobre el territorio venezolano. La realidad es que, si bien no existe un gobierno militar colombiano en Venezuela, la interdependencia de los ejércitos es innegable. Durante años, el mito de que el ejército colombiano podría ser la «cabeza de playa» para una invasión estadounidense alimentó la paranoia de Miraflores.
Hoy, con la captura de Maduro, la presencia militar colombiana en la frontera se intensifica, pero su rol se limita a la contención de grupos guerrilleros como el ELN y las disidencias de las FARC, que operan a ambos lados de la línea divisoria. No es que Bogotá gobierne Caracas, sino que la seguridad interna de Venezuela depende ahora, más que nunca, de la coordinación o la presión que las fuerzas militares colombianas ejerzan sobre los corredores estratégicos que antes eran santuarios del chavismo.
