Por María Esther Beltrán Martínez / Fotos: Carlos Díaz/Teatro Cervantes
MÁLAGA.– Como es una tradición en cada cita con la lírica, el espectador que acude al Teatro Cervantes comienza contemplando el maravilloso telón de boca histórico del teatro, una joya monumental que el coliseo malagueño reserva celosamente para las ocasiones más solemnes del año. Esta imponente obra de arte, pintada en el siglo XIX por el artista valenciano Bernardo Ferrándiz, sumerge al visitante en la rica historia cultural de Málaga a través de una alegoría de la ciudad, sus artes, su comercio y su industria, preparando los sentidos para lo que prometió ser —y terminó confirmándose como— una velada inolvidable.
El viaje musical de La fille du régiment (La hija del regimiento) comenzó de manera inmejorable con una interpretación soberbia y generosa de su obertura. La Orquesta Filarmónica de Málaga ofreció una ejecución minuciosa y de gran envergadura interpretativa que el público disfrutó con deleite en cada una de sus notas y acordes. Esta introducción sinfónica funcionó como el preámbulo perfecto, transportando magistralmente a los asistentes hacia el trasfondo de la historia. A través de los matices de la partitura, se pudo captar con absoluta claridad el pulso de la vida militar y el peso del regimiento, preparando el terreno emocional antes de que la trama romántica comenzará a desplegarse en escena.
Tras este vibrante inicio musical, el Teatro Cervantes despidió por todo lo alto su 37ª Temporada Lírica (curso 2025-2026) con una propuesta fresca, audaz y de marcado acento español. Los días 22 y 24 de mayo, el coliseo malagueño subió a escena una nueva producción de la célebre ópera cómica en dos actos de Gaetano Donizetti, que en esta ocasión abandonó el frío de los Alpes tradicionales para trasladar su universo a la calidez de un estilizado puerto de mar andaluz.

La función se desarrolló con una enorme fluidez, manteniendo al espectador atrapado en un ritmo teatral sumamente dinámico que hizo volar el tiempo. En el apartado visual, destacó de manera sobresaliente el diseño de vestuario; la inteligente paleta de colores y las formas escogidas lograron evocar con gran fuerza esa atmósfera marina y portuaria, transportando eficazmente al público a la costa andaluza que proponía la dirección de escena. Todo ello arropado por una ejecución musical en el foso que rozó la excelencia en cada intervención.
Sin lugar a dudas, los grandes triunfadores de la velada y quienes se llevaron las ovaciones más encendidas del público malagueño fueron sus dos protagonistas: la soprano Rocío Pérez (Marie) y el tenor Juan de Dios Mateos (Tonio). Ambos supieron conducir el tierno hilo conductor de la historia de una manera verdaderamente especial, demostrando una complicidad artística impecable y la maravillosas voces que tienen fue el deleite del público que los aplaudió varias veces al terminar sus arias.
La producción brilló especialmente en sus momentos más simpáticos y divertidos. Las escenas compartidas por la pareja protagonista arrancaron constantes sonrisas y carcajadas en la platea a través de situaciones cómicas muy bien resueltas. El gran mérito de la propuesta radica en que, a pesar de la ligereza y el humor juguetón de la trama —que por momentos comparte esa chispa fresca tan cercana a los toques de la zarzuela—, la obra nunca perdió la finura, la elegancia ni el estilo vocal que exige la gran ópera. Gaetano Donizetti concibió en su estructura una pieza sumamente atractiva y divertida, y este montaje supo exprimir esa esencia de manera magistral.
El reparto de este cierre de temporada se completó con sólidas e importantes voces de la lírica actual: el barítono coruñés Javier Franco interpretó a Sulpice, la mezzosoprano cántabra Marina Pardo dio vida a la Marquesa de Berkenfield, el tenor malagueño Luis Pacetti encarnó a Hortensius y la actriz Rosa Moreno asumió el rol de la Duquesa de Krakenthorp.

La puesta en escena, que procede del Teatro Villamarta de Jerez, corrió a cargo de Javier Hernández. El director de escena buscó de manera deliberada «mitigar el marco militar y patriótico francés» que caracteriza a la obra original estrenada en París en 1840. En su lugar, la propuesta universalizó el relato y se acercó visualmente a los códigos del teatro musical contemporáneo y la opereta, especialmente visible en los dinámicos números corales bajo la coreografía de Zaida Ballesteros. En el apartado musical, el maestro malagueño Salvador Vázquez al frente de la Orquesta Filarmónica de Málaga y el Coro Titular del Teatro Cervantes de Málaga-Intermezzo, bajo la dirección de Pablo Moras, redondearon el despliegue artístico de este exitoso cierre de curso lírico.
Con esta aplaudida producción, la Temporada Lírica de Málaga confirma que se encuentra en un momento de madurez institucional y artística indiscutible, cerrando un ciclo que pasará a la historia por su enorme variedad. Al revisar las funciones que han dado forma a todo el curso, se hace evidente una apuesta por la diversidad de estilos que ha demostrado la altísima calidad y la solvencia de sus cuerpos estables, tanto de la orquesta como de los componentes de la ópera y los coros participantes.
Asimismo, este cierre deja constancia del gran papel cultural y el prestigio que la lírica malagueña proyecta hacia el exterior. Al tratarse de una ciudad con un perfil marcadamente turístico y cosmopolita, el Teatro Cervantes consigue atraer en cada título no solo a los aficionados locales, sino a un volumen muy significativo de público extranjero. La estampa de una platea internacional saliendo entusiasmada y satisfecha del teatro es la mejor prueba de que el camino emprendido es el correcto. Málaga despide su curso lírico con la certeza de que el listón sigue subiendo y con un indiscutible y merecido broche de oro.

