Por José Sobrevilla
Como quien recorre un mural lleno de capas: memoria, dolor, rebeldía, arte y conciencia social, en entrevista exclusiva, Julio Carrasco Bretón nos habla de la historia de su vida, misma que comienza marcada por dos mundos opuestos que convivían en casa: su padre, republicano español exiliado del franquismo, traductor políglota, ateo y de pensamiento socialista; y su madre, mexicana, religiosa y proveniente de una familia porfiriana. Heredó de ambos una mirada amplia y contradictoria del mundo, una mezcla de sensibilidad social, disciplina intelectual y profunda humanidad.
La infancia de Julio Carrasco Bretón transcurrió en la colonia Condesa de la Ciudad de México, en una época que recuerda como un ‘tiempo luminoso’. Habla con nostalgia de las escuelas públicas donde estudió; espacios en los que convivían niños de distintas clases sociales y donde todavía enseñaban grandes intelectuales y escritores de aquellos tiempos. Como si fuera hoy, recuerda los paseos con su padre a museos, a Ciudad Universitaria y al Centro Histórico; las bicicletas que rentaba en el Parque México porque no alcanzaba para comprarlas, y las tardes de cine y boxeo con un tío que era muy consentidor con él. Esa formación temprana le dio algo que considera esencial: el contacto real con el pueblo y con la diversidad humana.
Desde muy pequeño dio muestras de una inteligencia precoz. Aprendió a leer, escribir y hacer operaciones matemáticas antes de entrar a la primaria, lo que le permitió adelantar grados, aunque también lo convirtió en un niño más vulnerable frente a sus compañeros mayores. De aquella etapa conserva una lección que lo marcó para siempre: jamás permitir la humillación. La aprendió de su madre, quien lo defendió cuando una directora escolar quiso castigarlo injustamente. Esa escena, asegura, moldeó su sentido de justicia y su rechazo a cualquier abuso de poder.
Otro momento decisivo llegó con la muerte. A los once años vio morir de un infarto a un familiar, el cual feneció entre sus brazos. Aquella experiencia lo enfrentó brutalmente con la fragilidad humana y despertó en él preguntas filosóficas que nunca abandonó. Años después, el movimiento estudiantil de 1968 profundizó todavía más esa conciencia crítica. Con apenas diecisiete años vivió la represión y la masacre de Tlatelolco como una herida generacional. Entendió que el autoritarismo no solo provenía del Estado, sino también de estructuras familiares y sociales profundamente arraigadas. Como muchos jóvenes de la época, sintió la tentación de incorporarse a movimientos guerrilleros, pero un amigo periodista le hizo ver que su verdadera trinchera estaba en otro lugar.
Aunque desde niño soñaba con ser pintor, la presión familiar lo llevó a estudiar ingeniería química en la UNAM por los riesgos de caer en la vida bohemia. Sin embargo, nunca abandonó el arte y estudió ambas al mismo tiempo. Mientras cursaba una carrera exigente, también tomaba clases de pintura con un maestro, quien terminó convirtiéndose en una figura decisiva en su formación. con gran emoción, recuerda Julio, cómo aquel anciano maestro le confirmó que no necesitaba ingresar a una escuela formal de arte: su camino ya estaba definido.
La pintura y la ciencia comenzaron entonces a convivir dentro de él. Su tesis universitaria fue pionera: una investigación sobre la historia de la química acompañada por un mural que narraba visualmente la evolución del conocimiento científico desde la alquimia hasta la era nuclear. Ahí comprendió que su verdadera vocación consistía en unir pensamiento, arte y reflexión histórica.
Más tarde se convirtió en maestro del Colegio de Ciencias y Humanidades y después de la UNAM. Enseñó matemáticas, química, ecología e historia de la ciencia. Incluso afirma haber impulsado una de las primeras cátedras de ecología y recursos naturales en México, cuando todavía el término era desconocido para buena parte de la sociedad y de la clase política. Durante años vivió de su salario universitario mientras intentaba consolidarse como pintor.
Julio Carrasco Bretón nos compartió también las situaciones que redefinieron su existencia. Una de ellas casi le cuesta la vida: sufrió veintinueve fracturas y graves lesiones internas en un accidente. Sobrevivir cambió radicalmente su relación con la muerte. Desde entonces decidió concentrarse no en temerle al final, sino en vivir intensamente y con sentido. Esa experiencia fortaleció su impulso creativo y su necesidad permanente de hacer cosas.
En el terreno personal comentó parte de los recuerdos como el de su matrimonio con la actriz Diana Mariscal, figura emblemática del cine mexicano y que hizo la película “Fando y Liz” del director chileno Alejandro Jodorowsky. Aquella relación lo acercó a un universo artístico y surrealista que amplió todavía más su visión cultural.
A lo largo de más de cinco décadas de carrera, Julio Carrasco ha mantenido una postura independiente. Nunca quiso someter su obra a favores políticos, grupos de poder o becas condicionadas. Prefirió construir un camino propio, incluso si eso implicaba mayores dificultades. Llegó a presidir asociaciones artísticas nacionales e internacionales, obtuvo reconocimiento fuera de México y realizó obra mural en distintos países, pero insiste en que lo más importante ha sido conservar intactos sus principios éticos.
Su reflexión sobre México atraviesa gran parte de la conversación. Habla de un país inmensamente rico en historia, culturas originarias y diversidad humana, pero limitado por la desigualdad, la falta de educación cívica y la ausencia de proyectos colectivos sólidos. Critica la mezquindad de muchos actores políticos y lamenta que la educación y la cultura sigan siendo relegadas. De esa preocupación nacieron varios de sus libros, especialmente uno inspirado en “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz, en el que intenta comprender las contradicciones profundas del carácter mexicano.
Más allá del prestigio artístico o intelectual, Julio Carrasco Bretón asegura que desea ser recordado simplemente como un ser humano cálido, alguien que dejó enseñanza y memoria en otros. Se emociona al recordar a miles de alumnos que hoy siguen reconociéndolo en la calle, muchos de ellos convertidos en músicos, cineastas, caricaturistas o escritores destacados.
A sus más de cincuenta años de trayectoria como artista plástico, continúa despertando cada día con la misma inquietud creadora. Piensa en nuevos murales, nuevos cuadros, nuevas novelas, nuevas ideas. Dice que jamás podrá ponerse “las pantuflas de la resignación” y que mientras viva, seguirá creando. Ver video-entrevista completa en SociodigitalTV y @Sobrevillasproductions, en YouTube.
Entrevistas realizada vía Met el 13 de mayo de 2026 desde su casa estudio de la CDMX
