Versiones: La de Donald Trump sobre exterminar a Irán choca de inmediato con la geografía, la doctrina militar y los límites de la disuasión global. Reducir a cenizas a una nación de casi noventa millones de habitantes y un territorio montañoso que triplica el tamaño de Francia exigiría el uso desinhibido del arsenal nuclear estratégico estadounidense, una línea roja que desataría un invierno nuclear y la condena unánime de la comunidad internacional. En el terreno convencional, una operación de cambio de régimen o destrucción total resulta inviable sin un costo exorbitante.
La República Islámica no combate a ciegas: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) dispone de más de doscientos mil efectivos con elevada fe e ideologia, secundados por un millón de reservistas de la fuerza paramilitar Basij y un arsenal visible de misiles balísticos, hipersónicos y enjambres de drones de fabricación propia. Si bien Teherán cuenta con defensas antiaéreas rusas como las baterías S-300 y acuerdos para recibir cazas Su-35, su mayor escudo geopolítico reside en sus socios euroasiáticos.
No obstante, ni Moscú ni Beijing irían a una guerra directa contra Washington para salvar al régimen persa; Rusia aporta intercambio de inteligencia y tecnología de defensa a cambio de drones Shahed, China compra el noventa por ciento del crudo iraní bajo sanciones y provee oxígeno diplomático en el Consejo de Seguridad, mientras que Corea del Norte opera como un canal subterráneo de transferencia de tecnología balística y componentes sensibles. Hacia el interior, el tablero persa no se rige por una democracia liberal tipica compuesta por valores religiosos sino otra donde el debate interno existe, pero bajo límites ponderables.
El ascenso del presidente Masoud Pezeshkian, calificado como reformista o moderado, representa el intento de ciertos sectores de la sociedad civil y la tecnocracia de desescalar tensiones con Occidente para oxigenar una economía asfixiada por la inflación y las sanciones.
Sin embargo, la última palabra en defensa, doctrina nuclear y política exterior no le pertenece al mandatario, sino al extinto líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei y ahora su hijo Mojtaba Jamanei y al poderoso aparato económico y armado de la Guardia Revolucionaria. La figura Mojtaba Jamenei, proyectado en los círculos de poder como un influyente clérigo de línea dura y virtual sucesor teológico en la Asamblea de Expertos, refuerza la continuidad del dogma clerical frente a cualquier apertura civil.
El pulso entre la moderación diplomática de Pezeshkian y el dogmatismo del clero chiita no busca democratizar el país, sino resolver cómo garantizar la supervivencia de la República Islámica: unos pretenden salvarla mediante el pragmatismo negociador y otros mediante la militarización absoluta y la intransigencia doctrinaria. Esta resistencia iraní se apoya en un tejido de acuerdos y una particular proyección confesional en Oriente Medio. En el ámbito militar formal, Teherán consolidó con Moscú un tratado de asociación estratégica integral, mientras que con China firmó un plan de cooperación económica y de seguridad a 25 años.
En el plano asimétrico, su mayor fortaleza es el «Eje de la Resistencia», un entramado de milicias no estatales financiadas, entrenadas y provistas de misiles persas. La teocracia iraní se fundamenta en el chiismo duodecimano bajo la doctrina del Velayat-e Faqih (gobierno del jurista islámico), una visión que la inmensa mayoría de las naciones árabes, de mayoría sunita, rechaza o percibe como una amenaza expansionista.
Este modelo religioso y político no es compartido por los Estados del Golfo ni por el norte de África, pero sí encuentra base social y política allí donde existen poblaciones chiitas significativas: en Irak, donde los chiitas son mayoría y controlan el gobierno junto a las poderosas Fuerzas de Movilización Popular; en el Líbano, a través del músculo político y militar de Hezbolá; en Baréin, cuya población es mayoritariamente chiita aunque gobernada por una monarquía sunita; y en Yemen, mediante el movimiento rebelde de los hutíes, adeptos al chiismo zaidí.
