Asistimos al estreno de la película «44» en el Centro Heydar Aliyev. Aunque la película terminó, las emociones que despertó aquella noche siguen vivas en mi corazón. He querido poner por escrito una parte de los sentimientos encontrados que se apoderaron de mí.
Hay películas que ves y, al salir de la sala, dejas atrás. Otras, en cambio, salen contigo y permanecen durante mucho tiempo en tu corazón. Para mí, «44» es precisamente una de ellas. Porque lo que vemos en la pantalla no nos resulta ajeno. Es la historia de la Victoria que el pueblo azerbaiyano conquistó al precio de su sangre, su vida, su voluntad y un heroísmo sin igual.
La Guerra Patria de 44 días es una de las páginas más gloriosas de la historia de nuestro pueblo y permanecerá en ella para siempre. Esta Victoria quedó escrita en la historia gracias al heroísmo de nuestro valiente Ejército en el campo de batalla, a la estrategia ejecutada bajo el firme liderazgo de nuestro comandante en jefe y a la voluntad inquebrantable de nuestro pueblo, unido como un solo puño.
Sin embargo, el camino hacia aquella Victoria estuvo marcado por la sangre de nuestros mártires, el sacrificio de nuestros veteranos de guerra, las oraciones de nuestras madres y las lágrimas de miles de familias. La película «44» es precisamente una obra cinematográfica destinada a transmitir esta historia a las generaciones futuras, con todo su dolor y su orgullo.
La historia cobra vida en la pantalla
Hacer una película sobre la guerra no consiste únicamente en recrear escenas de combate. La mayor responsabilidad reside en transmitir al espectador el espíritu de aquellos días, las experiencias vividas por las personas y las historias humanas que se esconden detrás de cada acto de heroísmo.
Al ver la película, la magnitud de las escenas de combate, las interpretaciones de los actores y la recreación de los acontecimientos con un gran realismo causan una profunda impresión. Llega un momento en que dejas de percibir lo que ves en la pantalla como simples escenas cinematográficas. Es como si te encontraras dentro de aquellos acontecimientos y comenzaras a comprender más profundamente lo que vivieron nuestros soldados en el campo de batalla. Piensas en la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, en los peligros a los que se enfrentaban a cada instante, en las familias que habían dejado atrás y en los seres queridos que esperaban su regreso.
Cuando ves ondear nuestra bandera, sientes orgullo; pero, al recordar a los valientes que sacrificaron sus vidas por ella, el corazón se te encoge. Mientras celebras nuestra Victoria, piensas en aquellos héroes que hicieron posible que viviéramos estos días, pero que ya no pueden compartir nuestra alegría. Sonríes y lloras al mismo tiempo. Porque detrás de esta Victoria hay vidas truncadas, sueños que nunca llegaron a cumplirse y personas que jamás volverán a reunirse con sus seres queridos.
¿Venganza o lucha por la soberanía?
Uno de los aspectos que más valoro de «44» es que no es una llamada a la guerra ni una historia de venganza. Es la crónica cinematográfica de la lucha de Azerbaiyán por restablecer su integridad territorial y su soberanía tras casi treinta años de ocupación armenia, así como del heroísmo demostrado por nuestro pueblo para liberar sus tierras.
A pesar del dolor y de las pérdidas sufridas durante todos aquellos años, la película no da cabida al odio contra el pueblo armenio, a las amenazas ni a las actitudes humillantes. Por el contrario, la atención se centra en el valor de nuestros soldados, la voluntad inquebrantable de nuestro pueblo, el amor a la Patria y el espíritu de sacrificio.
Creo que la grandeza moral de la película reside precisamente en esto. No está construida sobre el odio hacia los demás, sino sobre un profundo apego a la propia tierra, a la historia y a la identidad nacional. Incluso al recrear las escenas más duras de la guerra, nos recuerda el valor de la vida humana, el anhelo de regresar a la tierra natal y lo precioso que es vivir en paz. «44» no solo nos permite comprender los sacrificios que hicieron posible nuestra Victoria, sino también sentir el valor de la paz y la tranquilidad que esa Victoria brinda a las generaciones futuras.
Escuchar las reflexiones de las madres de nuestros mártires fue profundamente conmovedor…
Mientras las escuchaba, comprendí una vez más que los acontecimientos que nosotros contemplamos en la pantalla son, para ellas, los recuerdos más dolorosos de sus propias vidas. Quizá sea imposible expresar con palabras semejantes sentimientos.
Para una madre que ha perdido a su hijo mártir, la guerra no son simplemente aquellos 44 días que han quedado grabados en la historia. Es el recuerdo de su hijo saliendo de casa por última vez, la añoranza de una voz que nunca volverá a escuchar y un dolor que llevará en el corazón durante toda su vida.
Nosotros vemos a un héroe en la pantalla, pero aquella madre recuerda la infancia de su hijo, sus primeros pasos y el día en que, ya convertido en un joven, partió para servir a la Patria. Nosotros admiramos su valentía; ella, en cambio, ve en aquel soldado al que todos reconocen como un héroe al niño que un día crió entre sus brazos, y vuelve a sentir, con toda su crudeza, el dolor de su ausencia.
Por eso, escuchar a las madres decir «Es la historia de mi hijo» resultó más conmovedor que cualquier elogio.
«44» es como un puñado de frescor que se deposita sobre el fuego que arde en el corazón de las madres de nuestros mártires. Ninguna película puede hacer olvidar la pérdida de un hijo ni llenar el vacío que deja su ausencia. Sin embargo, saber que su hijo no ha sido olvidado, que su heroísmo sigue vivo y que su nombre permanecerá para siempre en la memoria del pueblo constituye un gran consuelo espiritual para una madre. En mi opinión, uno de los mayores logros de la película reside precisamente en ello.
Era como si nadie se atreviera a sentarse…
Lo que sucedió al final de la película es algo que no olvidaré durante mucho tiempo.
Todo el mundo se había puesto en pie. Los aplausos no cesaban. La gratitud, el orgullo, el respeto y la emoción contenida en tantos corazones parecían aflorar de golpe. Los espectadores rendían homenaje a la memoria de nuestros mártires, al sacrificio de nuestros veteranos de guerra, a las madres de los mártires y a la Victoria del pueblo azerbaiyano.
En aquel instante comprendí que aquellos aplausos no eran simplemente un reconocimiento a una película. Eran la expresión más sincera de todos los sentimientos que llevamos tantos años guardando en el corazón y que, a veces, nos resulta difícil expresar con palabras.
En aquel momento, era como si los espíritus sagrados de nuestros valientes, que sacrificaron sus vidas por la Patria, también estuvieran presentes en la sala, junto a nosotros.
Todos permanecían en pie… Como si nadie encontrara el valor de sentarse ante aquellos espíritus sagrados…
El fruto de un enorme esfuerzo y de una gran responsabilidad moral
La realización de una obra cinematográfica de estas características exige no solo profesionalidad, sino también una enorme responsabilidad moral hacia nuestra historia y la memoria de nuestros héroes. En este sentido, quisiera destacar especialmente el trabajo de Anar Alakbarov, director artístico de la película y uno de sus guionistas. Llevar a la pantalla el dolor, el orgullo y el heroísmo de aquellos 44 días que dejaron una huella imborrable en el destino de nuestro pueblo es una tarea de extraordinaria responsabilidad.
Detrás de cada escena de esta película hay cinco años de intenso trabajo, un gran espíritu de sacrificio y la dedicación de miles de personas. El rodaje se prolongó durante 14 meses y abarcó más de 130 localizaciones. En el proyecto trabajó un equipo permanente de 455 personas y participaron más de 2.500 militares. También se contó con especialistas procedentes de 13 países.
Para recrear las escenas de combate se utilizaron 513 vehículos militares y equipos especiales, así como 300.000 cartuchos. De las 112 horas de material filmado surgió finalmente una obra cinematográfica de 2 horas y 38 minutos.
Sin embargo, el verdadero valor de estas cifras no reside únicamente en la magnitud del trabajo realizado, sino también en el propósito moral al que sirve.
Para mí, la mayor recompensa de todo este esfuerzo son las emociones que la película despierta en el corazón de las personas. Cuando una madre de un mártir reconoce en la pantalla algún recuerdo de su hijo, cuando un veterano de guerra recuerda a sus compañeros de armas o cuando un joven comprende los sacrificios que hicieron posible la liberación de la Patria, es cuando se revela el verdadero valor de esta película.
Quisiera expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que han contribuido a hacer realidad esta obra, especialmente al señor Anar. Pasarán los años y cambiarán las generaciones, pero esta película seguirá viva. Porque uno de los regalos más valiosos que se le puede hacer a un pueblo es mantener viva la memoria de sus héroes y transmitir su dolor y su orgullo a las generaciones futuras.
La película «44», que hoy conmueve los corazones, seguirá recordando, incluso muchos años después, a las generaciones que no vivieron aquellos días los sacrificios que hicieron posible nuestra Victoria.
