Del pincel al papel: El Museo del Prado redescubre a Ricardo de Madrazo y su legado europeo

Maria  Esther Beltrán Martínez

Madrid, España.- El Museo Nacional del Prado vuelve a situar el arte del siglo XIX en el centro de la escena cultural internacional con una de sus propuestas más fascinantes y rigurosas. A través de su programa “Almacén abierto”, la pinacoteca madrileña acoge en la sala 60 del edificio Villanueva la primera gran exposición monográfica dedicada a Ricardo de Madrazo y Garreta (1852-1917), una muestra excepcional que permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero de 2027.

Hijo menor de Federico de Madrazo y nieto de José de Madrazo, Ricardo creció en el epicentro absoluto de la saga artística más influyente de la España decimonónica. Su formación estuvo guiada por el rigor paterno y enriquecida por la estrecha cercanía con su cuñado, el célebre pintor catalán Mariano Fortuny, en cuyo taller trabajó desde su juventud. Sin embargo, la monumental proyección internacional tanto de Fortuny como de su hermano Raimundo de Madrazo relegó injustamente su nombre en los anales de la historiografía oficial.

Hoy, esta exposición reivindica con justicia su voz propia, sacando a la luz por primera vez en su práctica totalidad un conjunto patrimonial extraordinario reunido por el Prado entre 2006 y 2026: 29 cuadernos de dibujo, acuarelas, autorretratos y documentos inéditos que recorren cerca de medio siglo de producción ininterrumpida.

El viaje como taller y el orientalismo

Los cuadernos de Ricardo de Madrazo —fechados entre 1867 y 1917— constituyen un diario de viaje visual de incalculable valor histórico y artístico. En sus páginas desfilan apuntes minuciosos capturados en Madrid, Roma, Nápoles, Venecia, Biarritz y Lequeitio, así como sus estancias andaluzas en Córdoba y Granada, donde su pincel inmortalizó la arquitectura islámica y los matices lumínicos de la Alhambra. Destaca asimismo su emblemático viaje al norte de África en 1877, una experiencia que impregnó su obra de una vibrante sensibilidad orientalista con escenas de Tánger y Fez que conectan directamente con el gusto estético compartido a ambos lados del Atlántico.

La estrecha cercanía entre Ricardo de Madrazo y Mariano Fortuny permitió al primero conocer de primera mano y sin intermediarios el riguroso proceso creativo de su cuñado, trabajar codo con codo con los mismos modelos y registrar con agudeza aspectos íntimos de su vida cotidiana. Los cuadernos aportan así una valiosa información visual sobre las estancias de Fortuny en Granada, entre 1870 y 1872, y en la localidad italiana de Portici, en 1874.

Varios de estos dibujos recogen modelos directamente relacionados con pinturas tan célebres como La Vicaría o Vendedor de tapices, mientras que otros capturan al propio artista disfrutando de la playa de Portici, espacios compartidos y piezas clave empleadas en la rutina de su taller. Entre este valiosísimo repertorio destaca con fuerza Detalle del interior del estudio de Mariano Fortuny en Roma, una obra ejecutada trágicamente tras la muerte del maestro en 1874 que documenta con precisión arqueológica la disposición del espacio y los objetos de su fascinante colección particular antes de que tuvieran lugar las célebres ventas póstumas. Este conjunto sitúa de manera incuestionable a Ricardo de Madrazo como testigo privilegiado del ámbito profesional y familiar de uno de los creadores españoles de mayor proyección internacional del siglo XIX.

Desde finales del siglo XIX, Madrazo desarrolló una intensa y rigurosa actividad como copista de los grandes maestros del Prado. Lejos de constituir reproducciones mecánicas, sus acuarelas exigían descifrar la factura, el color y la luz de originales como El bufón llamado don Juan de Austria de Velázquez —copiado hacia 1901— o las cuatro audaces copias parciales del techo del Salón del Trono del Palacio Real pintado por Giambattista Tiepolo. Estos estudios, junto a sus interpretaciones de Goya y El Greco, demuestran su aguda capacidad analítica.

La muestra también revela su faceta más privada a través de retratos familiares, escenas domésticas y objetos cotidianos que convierten el dibujo en un instrumento de memoria. Además, se rinde homenaje a su labor fundamental como custodio del archivo de los Madrazo, exponiendo su diario de 1894, correspondencia y el retrato que Scipione Vannutelli le dedicó en 1866, adquirido recientemente en 2025.

Una cita ineludible en Madrid que redescubre la maestría sobre el papel de un creador esencial para entender la modernidad artística europea.

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