“Yo quería estar ahí”

¡Yo quería estar ahí!, en Reforma, en Tlatelolco, en el Centro, en cualquiera de esas zonas y no sabía cómo.

Quería ver de cerca el dolor, la muerte, a los heridos, ¡todo! Quería ser testigo y justo en esa época terminaba mi primera experiencia laboral.

Ahora era desempleada, después que me había desempeñado como reportera interna en la Secretaría de Salud. ¡Desempleada! Me pesaba como nunca esa condición, aunque seguía con mis estudios de comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

Era septiembre de 1985, tiempo en la que afloraba mi timidez y desconocimiento, producto de mi juventud. Como todos los jóvenes, dormía hasta muy tarde, iba a la escuela en el turno vespertino y después de dejar de trabajar, nada me preocupaba.

Me mantenían mis padres y nada era diferente; sin embargo, algo alteraría a todos.

Mi madre asustada, nos despertó. Todavía amodorrada, dejé la cama sin comprender bien lo que sucedía. Sólo notaba la desesperación de mi madre. ¡Está, temblando! Gritaba, ¡tenemos que salir rápido!Abandoné mi cálida cama y salí desganada a la calle con mis tres hermanos, mi madre y mi padre.

Era una región, que aún daba impresión de pueblo. Árboles, calles empedradas, llano, sembradíos de elote y muchas casas sin cimientos, aún con láminas de asbesto y cartón, muy parecidas a la mía.

Como paisaje, teníamos una belleza natural, poco invadida: ¡El Cerro de la Estrella!

Pocas personas habían salido de sus casas. Casi no se sentían los temblores en esa región, y al igual que ahora -2017- fue casi imperceptible ese movimiento.

También, como en aquel año, dormía, y ahora era yo la que pedía a mis hijas salír. Seguí también las noticias y me alarmaba. En aquel entonces, mi familia y yo permanecimos, aún sin saber qué tan serio era ese temblor y mi madre recordaba aquel fenómeno, capaz de derribar el Ángel de la Independencia en 1957.

Hoy, yo les hablaba a mis hijas de 1985. Para ese entonces, mis hermanos y yo, veíamos ese movimiento aún, hasta como un juego. Mis hijas, hacían lo mismo. Pasó todo y ellas y yo, igual que en aquel 85, regresamos con desgano a la casa.

Mi madre prendió en ese entonces nuestro único televisor. Ahora, yo y mis hijas, seguíamos desde el celular las noticias y los reportes.

Se hablaba hasta de Tsunami en el Pacífico, de muertos en Oaxaca y Chiapas.

A diferencia de aquella época, que estuvimos incomunicados y sólo había un teléfono convencional, y mala comunicación,  a través de la radio, ahora la familia  comenzaban a decir a través de mensajes de WhatsApp: “¡Estamos bien!”. Por ese mismo medio me llegaban las noticias y las imágenes por “chat”. Ahora no necesité ni anhelé salir como en aquel entonces.

No parecía tan devastador el temblor ni tampoco mi interés afloraba, aunque me entristecía y el fenómeno me hacía reflexionar. Comenzaban las bromas y con nostalgia veía personas sepultadas por una barda y lo más triste, a un bebé muerto, el argumento: “se fue la luz”. Más bien era la falta de pericia para actuar y salvar la vida de un pequeño. Aunque no eran las mismas imágenes de hace 32 años (fecha real del relato 2017), si la misma impericia, la misma indolencia, para accionar en emergencia. Ahora recuerdo a Jacobo Zabludovsky narrar con soltura. Vi el profesionalismo de Lourdes Guerrero al pedir calma, aún, ante el notorio movimiento en el estudio. Ella siguió hasta que se fue la señal. Admiré a ambos y volví a desear estar ahí. ¡Anhelé estar ahí!

Después, vendrían las imágenes del restaurante “La vaca blanca” (ya ni recuerdo cómo se llamaba) del “Regis”; del Hospital “Juárez”, al que tantas veces fui para entrevistar a los médicos.

También caía la antena de Televisa; admiraba a quienes se prestaban a ayudar, y yo, seguía ahí, en casa, con el lamento de no tener ese arrojo ni saber cómo llegar a la zona.

No sabía cómo incluirme como voluntaria. Mis pensamientos se agolpaban, me faltaba decisión, empuje hasta para decirle a mis padres que quería estar en esa zona. Se que no me hubieran dejado salir.

Quise cubrir, vivir esos momentos, ayudar y sobre todo narrar tantos casos, esas historias de muerte. Aún, no veía la magnitud de la tragedia. Para mí sólo era el ímpetu de novata reportera que quiso vivir los sismos de 1985.

Después cubriría para “Cuestión”, un periódico meridiano y vespertino, filial de Ovaciones, las múltiples ceremonias luctuosas con el entonces regente de la Ciudad de México, Ramón Aguirre Velázquez.

Cada año sería lo mismo. Con Manuel Camacho Solís, lo más intenso; después Manuel Aguilera Gómez; Oscar Espinosa Villarreal y  se iba desvaneciendo poco a poco hasta llegar a Cuauhtémoc Cárdenas Sólorzano.

Detectaría, que todos eran iguales. Ceremonias falsas y falsos recuerdos, simulación y una magnitud de mentiras en las cifra de muertos, de edificios colapsados, de daños e indolencia que llevó a la tragedia.

Acudí a cubrir una y otra vez a las 7:19 y 7:22, en el Zócalo capitalino, la ceremonia de cada año en memoria de aquel sismo de 1985 y la trillada frase: “Un minuto de silencio, seguimos de luto”.

Después descubriría que mi vecino taxidermista, había disecado a “Medor” ese perro rescatistas de 1985 que le habían robado a los franceses.

Hice el reportaje para El Heraldo de México, incluso, lo metí en forma individual a concurso en los premios nacionales de periodismo. No pasó nada, una nota más. Después constataba como hoy que poco aprendimos de la tragedia.

Aún se actúa tardíamente, sigue la explotación de costureras; hospitales en mal estado y sicosis en aquellos que vivieron realmente ese 1985.

Yo, sólo conservo un libro de lujo con la historia de esas muertes y derrumbes que me dieron en la administración de Miguel de la Madrid.

Además, mis recortes de periódico sobre los recorridos por zonas que hoy fueron sepultadas por lujosos edificios, ¿y de los muertos, y de aquellos niños que ya no existen, y de las costureras y de la enseñanza para una mejor protección civil? Sólo recuerdos y mucho ¡Olvido!..

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