Jacques Derrida o la deconstrucción del logocentrismo

Por Sigifredo Esquivel Marin

No sé como ni cuándo me acerqué a la obra excepcional de Jacques Derrida, fue a principios de los años noventa, era un joven estudiante en la Facultad de Humanidades (UAZ).

Confieso que me desesperé un poco, no entendía gran cosa, su escritura barroca, excesiva, no lineal y, en algunos momentos críptica, me dejaba –como diría mi abuela– patidifuso. Escritura y diferencia (Barcelona, Anthropos, 1989) fue uno de los primeros libros que leí y creo haber entendido, no del todo, pero sí, algo me conectaba y me entusiasmaba de verdad.

Una obra que nos enseña a pensar los temas y problemas de la filosofía desde sus márgenes y umbrales con rigor y una mirada crítica inusual en el pensamiento intelectual.

Particularmente recuerdo los ensayos “Cogito e historia de la locura”, una conferencia polémica y aguerrida contra la Historia de la locura en la época clásica, contando con la presencia del propio Michel Foucault y una relectura del sujeto cartesiano en conjunto. Y sus ensayos sobre Emmanuel y Levinas y Edmond Jabès son lecturas deslumbrantes que invitan a leer a estos dos grandes creadores. Luego leí y releí, no sé cuentas veces, Del espíritu. Heidegger y la pregunta (Valencia, Pre-textos, 1989), una de las lecturas más críticas y creativas a partir de la relación del ser-ahí heideggeriano con la animalidad. “Geschlecht. Sexual différence, Ontological Différence” es uno de los ensayos que más me han impresionado por su profundidad analítica, cuestionamiento radical y lectura incisiva de Martin Heidegger, es para mi un texto ejemplar de lo que significa pensar críticamente de, desde, contra y en compañía de un gran pensador, donde el comentario está a la altura del autor analizado.

Con Derrida experimento algo que con muy pocos pensadores me sucede, estoy leyendo algún libro suyo, y me pongo a pensar, divagar o imaginar otras ideas o derivas, y luego, después regreso al texto, y muchas ideas que he ido pensando de forma deshilvanada ya están escritas con lucidez meridiana por ese gran pensador argelino de origen judío.

Con pocos autores siento tal cercanía, tal arrojo en el pensamiento crítico creador. Antes de la era de Internet, por lo menos en mi pueblo, leí todo lo que pude encontrar en español y francés publicado en libros impresos, y desde luego mucha fotocopia. Luego con la aparición de Internet y el trabajo excepcional y generoso de acopio, traducción y difusión de Derrida en Castellano a cargo de Horacio Potel tuvimos acceso los lectores de Derrida a toda su obra, luego tristemente pudimos ver cómo las grandes empresas editoriales se encargaron de criminalizar al estudioso argentino y cerraron la página web.

El crimen del profesor argentino había sido compartir libros, artículos y conferencias de y sobre Derrida a quienes no teníamos acceso a la obra impresa. Si el propio Derrida estuviera vivo, seguramente, estaría contento con el trabajo titántico realizado por un entusiasta lector suyo de difundirlo en un amplio público hispano-parlante.

En todo caso, la vasta y compleja obra de Derrida hoy circula en internet y quizá sea uno de los pensadores contemporáneos que más se leen y discuten.

Una de sus diversas aportaciones fundamentales fue enseñarnos a leer / pensar /dialogar con la tradición filosófica entera desde sus márgenes y umbrales con frescura jovial. Justo los conceptos limítrofes de diseminación, diferencia y deconstrucción aluden a dicha empresa que reúne riesgo, audacia, rigor, entrega e imaginación.

Amigos como José Blanco Regueira y Maricarmen Rodríguez que fueron discípulos del autor de la Gramatologia han dicho que era absolutamente una fiesta del pensamiento escucharle. Me imagino a Jacques siempre entregado a las artes del pensamiento y la escritura con el mayor rigor y elegancia.

Exprimiéndose hasta el límite, dando todo sin reservas; no en balde las palabras donación, don y hospitalidad han sido repensadas por completo en su obra. En su última fase vital da un giro inesperado, su mirada se vuelca sobre el presente y encara temas y problemas urgentes de actualidad, arriesgando otras alternativas inéditas.

En las postrimerías de la muerte adquiere una voz íntima que le habla al interlocutor al oído, sobre el sentido de la muerte, la vida y la espectralidad. Al igual que otros tantos grandes escritores que su nombre ha sonado en los pasillos reales de Suecia, estuvo esperando, hasta el último instante, el premio Nóbel, el cual nunca llegó.

Esa anécdota y otras consignan sus biógrafos y me enternece, nos de cuenta de sus aspectos demasiado humanos. No obstante, en todos los contientes y lenguas importantes su obra es cada vez más leída y consultada. Ha trascendido la filosofía y las humanidades, forma ya parte del patrimonio cultural de la humanidad.

La deconstrucción es el estilo de nuestro tiempo. Y Derrida es uno de los más grandes intelectuales del siglo XX.

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